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ABC21 – Fundació Catalana Síndrome de Down

Hepatitis

El término hepatitis se refiere a la inflamación del hígado, bien sea aguda o crónica. La hepatitis puede ser debida a diversas causas, incluyendo agentes infecciosos (virus, bacterias), tóxicos (alcohol, venenos, fármacos), trastornos metabólicos, alteraciones inmunológicas (presencia de autoanticuerpos) y  otras causas. Las más frecuentes son las hepatitis infecciosas, particularmente las producidas por los virus  A (virus de la hepatitis A), B (virus de la hepatitis B) y C (virus de la hepatitis C), que afectan el hígado de forma selectiva y pueden ocasionar manifestaciones leves o graves. Otros virus pueden afectar al hígado de forma menos específica y son responsables de hasta un 10% de las hepatitis agudas. Entre ellos se encuentran el virus de Epstein-Barr (causante de la mononucleosis infecciosa y de amigdalitis) y el citomegalovirus. En las enfermedades producidas por estos agentes suelen predominar las manifestaciones no hepáticas.

Características generales

Conviene considerar aquí las hepatitis provocadas por los principales virus de la hepatitis propiamente dichos.

Hepatitis A.- La epidemiología de la hepatitis A varía según el área geográfica. En zonas con condiciones sanitarias deficientes la infección es corriente (endémica) y la mayor parte de la población adulta está inmunizada porque adquirió la infección en la infancia. En cambio, en los países desarrollados es poco frecuente que la infección ocurra durante la edad pediátrica y un alto porcentaje de la población adulta es susceptible a la infección. Ocasionalmente se producen brotes epidémicos en colectividades (residencias, centros para discapacitados) que atienden o albergan poblaciones de riesgo o susceptibles de contraer la infección. Los viajeros a zonas en las que la enfermedad es muy habitual (endemicidad alta) constituyen otro grupo de riesgo. La principal vía de transmisión de la hepatitis A es la ingesta de agua y comida contaminadas y también por contacto personal con personas infectadas. El virus se elimina por las heces durante el periodo de incubación y primeros días de la enfermedad. La hepatitis A es una enfermedad aguda. El periodo de incubación es de unos 30 días. En lactantes y niños pequeños la infección suele ser inaparente o leve, sin ictericia, pudiendo manifestarse como una diarrea aguda. La infección es más evidente en niños mayores y adolescentes. Se inicia con  una fase previa de malestar y fiebre de varios días, seguida de inapetencia, náuseas, vómitos, dolor abdominal, ictericia y elevación de las transaminasas (enzimas hepáticos). Los síntomas suelen resolverse en 2-3 semanas. El diagnóstico puede confirmarse por detección en sangre de anticuerpos del tipo IgM frente al virus de la hepatitis A. La hepatitis A se resuelve espontáneamente, sin progresar a infección crónica.

Hepatitis B.- La hepatitis B es todavía un problema de salud pública en muchas partes del mundo. Alrededor de 5% de la población mundial es portadora crónica del virus de la hepatitis B pero la prevalencia no es uniforme, con zonas de baja (2%), intermedia (2-7%) y alta prevalencia (> 8%).  El virus de la hepatitis B se encuentra en altas concentraciones en la sangre de las personas infectadas y también en diversas secreciones corporales (semen, fluidos vaginales, saliva). En las zonas geográficas con elevada prevalencia de la infección, el modo predominante de contagio  se produce en recién nacidos a partir  de madres infectadas por el virus (trasmisión vertical). En este caso la infección se adquiere muy precozmente y es muy frecuente la progresión a una fase crónica, constituyendo un factor de riesgo para la persistencia y la diseminación del virus en la población general. En las zonas con prevalencia intermedia la infección  suele producirse más tarde, durante la niñez o juventud, produciéndose el contagio en el ámbito familiar (transmisión horizontal). En países desarrollados y regiones con baja prevalencia, las rutas de transmisión incluyen el uso de jeringas contaminadas (drogadictos con inyectables), otros contactos a través de la piel (tatuajes o “piercing” con materiales contaminados) y las relaciones sexuales. La edad de adquisición se desplaza a los adultos jóvenes. Tras la adopción de estrategias para eliminar la transmisión del virus de la hepatitis B se ha reducido de forma significativa la incidencia de hepatitis B en niños y adolescentes, tanto en países desarrollados como en algunos en vías de desarrollo. El período de incubación de la hepatitis B es de 30-180 días. En lactantes y niños menores de 5 años, suele cursar sin síntomas evidentes, con frecuente tendencia a cronificarse. En niños mayores y adolescentes, la infección por VHB puede ser aguda y de resolución espontánea. Diversos marcadores analíticos permiten confirmar la infección y la fase evolutiva en que se encuentra el paciente.

Hepatitis C.- La prevalencia de portadores crónicos del virus de la hepatitis C en el mundo es del 2-3%. Solo una pequeña proporción de infectados son niños. La infección producida por el virus de la hepatitis C se transmite a partir de la sangre o de productos derivados de sangre contaminada. Las formas de transmisión en los niños son: la transmisión vertical (que se produce en alrededor del 5% de los recién nacidos de madres infectadas por el virus de la hepatitis C) y la horizontal por contagios en al ámbito familiar, si bien el riesgo de transmisión se considera muy bajo. Las vías de transmisión en adolescentes y jóvenes incluyen el uso compartido de jeringas contaminadas, así como la exposición de piel a sangre o productos derivados de sangre contaminada. Con menor frecuencia, el contagio ocurre a través de relaciones sexuales. El período de incubación habitual es de 6-12 semanas. En niños y adolescentes muchas infecciones agudas por VHC son clinicamente silentes y suelen pasar desapercibidas (menos del 25% tienen síntomas). Los anticuerpos frente al virus de la hepatitis C suelen detectarse a las 2- 4 semanas de producirse la infección. La hepatitis C se convierte en crónica en un alto porcentaje de casos.

Síndrome de Down

En el síndrome de Down las hepatitis virales tienen especial interés, particularmente la A y la B. Tradicionalmente, los niños con síndrome de Down muestran una prevalencia elevada de infección por virus de la hepatitis B a partir de la escolarización. Además, la afectación crónica y su contagiosidad son particularmente persistentes. El ingreso en colectividades cerradas de personas con síndrome de Down no inmunes frente a estos virus aumenta el riesgo de adquirir estas infecciones. Las medidas higiénicas y preventivas (vacunación) son de gran importancia para disminuir su incidencia, particularmente en el caso del virus de la hepatitis B ,  ya que se reduce el riesgo de adquisición de la infección y de sus complicaciones. Por otra parte, no todas las hepatitis en pacientes con síndrome de  Down son infecciosas. En algunos casos se detectan alteraciones de origen inmunitario:  son las  hepatitis autoinmunes.

En personas con síndrome de Down se ha observado también un mayor riesgo de presentar cálculos en la vesícula biliar (litiasis biliar), que puede presentarse en los primeros años de vida.. Con frecuencia no provocan molestias y es un  hallazgo casual que se detecta en una ecografía practicada por otros motivos. Pero en algún paciente pueden ocasionar manifestaciones clínicas o complicaciones, que pueden precisar un tratamiento quirúrgico.

Signos de alerta

Aunque la mayor parte de las hepatitis agudas y crónicas cursan sin manifestaciones clínicas significativas, algunas hepatitis agudas pueden evolucionar hacia una afectación muy grave con fracaso del hígado o hepatitis fulminante que se acompaña de coma. Por otra parte, la evolución crónica constituye un signo de alerta, por los riesgos asociados que conlleva de desarrollar complicaciones muy graves (cirrosis, cáncer). Por ello, la persistencia durante más de 6 meses de alteración de los análisis (elevación de las transaminasas), requiere un estricto control del paciente.

Orientaciones preventivo-terapeúticas

En el caso de la hepatitis A,  la prevención incluye medidas de higiene y sanidad pública, así como la administración de gammaglobulina antes o después de la exposición al virus (viajes a zonas en las que es frecuente, exposición a contagio en el ámbito de la  familia o en colectividades cerradas). Por otra parte, las actuales vacunas son muy eficaces. No existe un tratamiento específico de la hepatitis A.

Respecto a la hepatitis B, las medidas preventivas se basan en la administración de  gammaglobulinas y vacunas. Las gammaglobulinas se usan para conferir protección pasiva tras un contagio (perinatal, por agujas contaminadas o sexual), pero esta protección solo dura unos meses. La protección prolongada requiere la vacunación que es muy eficaz. Tras la adopción de estrategias para eliminar la transmisión del virus de la hepatitis B se ha producido una importante reducción de la incidencia de hepatitis B en niños y adolescentes en muchos países desarrollados y en algunos en vías de desarrollo. Las principales estrategias para eliminar la transmisión de la infección por VHB incluyen la  detección prenatal de la infección en embarazadas, la administración de gammaglobulina y de vacuna específica a los recién nacidos de madres con resultados positivos (en las primeras 12 horas tras el nacimiento) y la vacunación de todos los lactantes y de los preadolescentes no previamente vacunados, así como  de  los grupos de población adulta con alto riesgo de contraer la infección. La hepatitis B no cuenta con un tratamiento específico.

El desarrollo de vacunas efectivas y la instauración de programas de vacunación sistemática de los niños para la prevención de las infecciones por virus de la hepatitis A y virus de la hepatitis B puede contribuir a erradicar estas infecciones en algunas partes del mundo en las próximas décadas. Sin embargo, no se dispone todavía de una vacunación eficaz para reducir la  incidencia de hepatitis C.  En algunos casos se emplea el interferón alfa para su tratamiento.

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