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ABC21 – Fundació Catalana Síndrome de Down

Fiebre

La fiebre, en su concepto actual, puede definirse como una temperatura corporal superior a 38º C., sea cual sea su forma de medición.

Características generales

La fiebre es un síntoma, no una enfermedad. Es uno de los signos clínicos más frecuentes y el principal motivo de consulta pediátrica urgente. Se debe a una elevación del umbral de sensibilidad del centro termorregulador, que se encuentra en el cerebro, habitualmente provocada por una infección. El centro termorregulador actúa como un termostato. La fiebre se produce como respuesta normal a la enfermedad y juega un papel importante en la lucha contra la misma activando los sistemas inmunológicos del organismo. Sin embargo, cuando es elevada comporta síntomas molestos (malestar general, escalofríos) y en niños predispuestos puede desencadenar convulsiones (convulsiones febriles) (ver Convulsiones y epilepsia). La fiebre no es lo mismo que la “hipertermia”. La hipertermia es la elevación de la temperatura provocada por un calentamiento ambiental externo, como un golpe de calor, sin intervención del centro termorregulador del sistema nervioso.

Síndrome de Down

Los niños con síndrome de Down no presentan una particular predisposición a la fiebre ni a las convulsiones febriles. Al igual que en el resto de los niños, su aparición debe comunicarse al pediatra para su evaluación.

Signos de alerta

La fiebre, por sí misma, no constituye un peligro para el paciente. Sólo cuando su duración sobrepasa los 4-5 días, sin que se haya determinado su causa o vaya acompañada de signos de alarma, debe considerarse como un signo de potencial gravedad. En la práctica, pueden interpretarse como signos de alarma, la fiebre alta en lactantes menores de 3 meses o cuando no responde a la medicación antitérmica, o si se acompaña de alteraciones de la conciencia, de manchas o morados en la piel o de vómitos incoercibles. La aparición de convulsiones febriles suele generar una situación de angustia en el entorno familiar, pero suelen ceder en poco tiempo de manera espontánea o bajo los efectos de un tratamiento antitérmico. Sin embargo, si se prolongan, pueden requerir la asistencia a un centro de urgencias pediátricas.

Orientaciones preventivo-terapéuticas

Como se desprende de todo lo dicho, la fiebre no es, en general, un motivo que exija un tratamiento necesario o urgente. Cuando se indica, se realiza con medicamentos antitérmicos, usualmente por vía oral y en presentaciones líquidas. Los más empleados son el paracetamol, a dosis de 10-15 mg por kg de peso cada 4 o 6 horas y, en mayores de 3 meses, el ibuprofeno, a dosis de 5-10 mg/kg cada 6-8 horas. La aspirina solo deberá emplearse bajo estricta indicación médica por debajo de los 18 años de edad. No debe esperarse, ni pretenderse, una normalización inmediata de la temperatura corporal con la medicación. Los baños en aguas templadas/frías no son eficaces para reducir la temperatura central y son muy molestas para el paciente si no se realizan por personas expertas. Su verdadera indicación es el tratamiento de la hipertermia. Tampoco son útiles las fricciones con alcohol o colonia, con el agravante de que pueden comportar una absorción indeseable del alcohol. El niño debe recibir una abundante ingesta de líquidos frescos, para prevenir una deshidratación, y permanecer poco abrigado. Si experimenta escalofríos, puede abrigarse momentáneamente hasta que desaparezcan bajo el efecto de las medidas terapéuticas correctas. En niños con antecedentes de convulsiones febriles conviene extremar la vigilancia de posibles nuevos episodios y el pediatra prescribirá las medicaciones preventivas y terapéuticas individuales que puedan estar indicadas.

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